CALLEJA DE LA HOGUERA [II]

jueves 18 de mayo de 2006

ES CONTINUACIÓN DE
MEMORIAS DE JOSÉ RODRÍGUEZ AGUILAR
(FUSILADO EN CÓRDOBA, EN 1936)

. Nota: La fecha de entrada de este post está alterada, como todas las demás. Se edita el 14 de junio de 2009

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V

(Es borrador en apunte ligero. Morfología, sintaxis, ortografía... por revisar)

Aciago es Julio en lo que me atañe. Mes fatídico, es canícula insoportable en Córdoba, que viene a ser fondo de olla entre campiña y sierra, hervidero cruel y fructífero negocio para los alfareros rambleños a costa de sus botijos de arcilla blanca, recipientes imprescindibles en todo lugar, presentes por doquier, lo mismo en el hogar que en la calle. Con cuarenta y cinco grados a la sombra, pocos nos sustraíamos del obligado trinque ofrecido por las aguadoras en los paseos y lugares insospechados de inocente alboroto, atraídos por la cantinela de una vendedora cantarina:


"Agua fresquita del Pocito...


...a perragorda el traguiiito."


Era curioso el menester; la cantidad de agua consumible por el pagador no era cercenada por la vendedora sino por la capacidad de quien la tomaba, pudiendo beber tanto como quisiera siempre que el botijo estuviese en alto a chorro constante. Cualquier interrupción suponía un nuevo trinque; otra perragorda a pagar.


Silla de anea y refrescante botijo rambleño eran elementos imprescindibles al atardecer cordobés, cuando las calles eran secuestradas por los vecinos. Tomar la fresca era la original costumbre que facilitaba conversación entre iguales y temperatura adecuada. Es estampa del ayer que recuerdo de Benigna en similar circunstancia, habituada a la rutina andaluza:


Sobre el acerado, plácida, el botijo a su izquierda, sentada, mi esposa descansaba en la silla sin perder detalle del juego de Pepín. Al pronto, agitada como poseída, saltó de la banqueta y asiéndola, gritó al niño:


- ¡Vamos, vamos, hijo...!¡Vámonos...!


- Pero abuela...


- ¡No hay peros que valgan!¡Vámonos, Pepín...!


El chiquillo se vio sorprendido, acostumbrado como estaba a la elegante parsimonia de Benigna, aunque, a pesar de su corta edad, captó un detalle en la actitud de la abuela; no perdía de vista al hombre que se acercaba desde San Lorenzo por la misma acera.


- ¿Quién es, abuela...?


- Nadie, Pepín, no es nadie; si acaso, el mismísimo Satanás; pero no te preocupes, no ocurre nada. ¡Vamos, hijo...!


- Pero, abuela; no es el demonio; ¡es un hombre!


Entraron juntos al zaguán, [...] parapetándose tras la puerta principal que cerraron.


- ¿Qué pasa, abuela, por qué nos escondemos, te ocurre algo, quién es ese hombre...?


- El diablo, hijo, el mismísimo diablo, no lo dudes. Esperemos a que se vaya, Pepín, después saldremos.


Benigna tomaba aire. Sus ojos, ensangrentados, encontraban alivio en un seco pañuelo blanco que quiso humedecer.


- Pepín, ¿...y el botijo?

- Lo hemos dejado en la calle, abuela, enseguida lo traigo.
- No, rapaz, no; espera a que...

No hubo tiempo. Mi nieto salió a la calle y quiso la casualidad que, en ese mismo instante, coincidiera en el lugar con aquél hombre, maldita la hora. No atreviéndose a mirarle a la cara, Pepín quedó inmóvil y grabó el momento del refilón en su mente infantil. Nunca olvidaría el aspecto, el atuendo del siniestro personaje a quien no conocí en vida; embutido en su gabardina a pesar del calor, cubierto por sombrero, luciendo traje y lustre en los zapatos, aquél ser continuó su camino, ignorando cómo el niño asía el botijo para ofrecerlo, después, a la abuela.


- ¿Quién es ese señor, abuela?


- Eres aún muy pequeño, Pepín...

- ¡Quiero saber quién es! -se impuso- ¡Dime quién es...!
- Ese hombre, hijito, es... -agachó la cabeza- es Don Bruno... quien mató a tu abuelo, a mi Pepito...
Mi Benigna se echó a llorar, no lágrimas suyas sino mías, y a partir de entonces, también de Pepín que, conociendo a temprana edad el motivo que torturaba a su abuela y a la persona que lo provocaba, se impregnó de dolor y no pudo evitar el compartir una tristeza adulta; ¡cuánto dolor y cuánta miseria, dios mío, de qué manera gemí la amarga escena de mis seres queridos!
- Abuela...
- Dime, Pepín.
- Cuando yo sea mayor..., abuela..., te juro que cuando sea mayor, mato a ese hombre. Te lo juro, abuela, lo mato...
- ¡Oye, oye...! Qué vas tú a matar ni matar! -sonriendo, agitó el cabello del niño- No, rapaz, no, tú no harás nada de eso...
- Te juro que lo mato...
- ¡Noooooo...! Escúchame bien; ¿tú me quieres, de verdad que me quieres? -el niño asintió- Pues entonces le perdonarás, hijo, le perdonarás como yo le perdoné también; que el rencor y la venganza son pecado y, si te dan en una mejilla, has de saber poner la otra; que eso es lo que quiere nuestro señor Jesús y tú eres un ángel, ¿sabes, Pepín...?
- Pero abuela...
- No hay peros que valgan. Ese señor está perdonado. Si nos hemos escondido, no es por odio, ni rencor o miedo. Ha sido por dignidad, Pepín, nada más, ¿me entiendes?
También perdoné yo a pesar de tanta crueldad, no ya conmigo; con todo el pueblo de Córdoba. Después del 18 de julio de 1936, apenas hubo represión en la ciudad y eso alteró sobremanera a Queipo de Llano, un borracho empedernido sediento de sangre que desde Sevilla envió Como jefe de orden público a Don Bruno Ibáñez Burín con órdenes concretas y carta blanca.


General Gonzalo Queipo de Llano. Jefe del Ejército de Operaciones del Sur.

La llegada de Don Bruno a Córdoba significó un cataclismo; después de su establecimiento en la capital, cerca de mi casa, comenzaron a producirse las primeras detenciones, los fusilamientos, persecuciones en masa, delaciones... El ególatra y adúltero nuevo jefe de orden público, ese era su cargo, se pavoneaba inmune a los pensamientos de un pueblo que bien sabía de sus andanzas. Poco importaron los hechos que se sucedieron, a la clase alta, los terratenientes y en especial al clero, que fueron a servir como fuente de información, facilitando los nombres de quienes habíamos de pasar a mejor vida. Nada tenía importancia ante la supuesta nueva moral; ni aún hoy en día; id y ved; sobre los respiraderos en plata del palio que procesiona a la Virgen de la Esperanza, se puede leer, grabado a buril, el nombre de Don Bruno. Id y leed. Visitad Capuchinos. Aquél hombre ordenó mi detención y traslado a prisión en el cuartel de artillería de la avenida de Medina Azahara que guarnecía bajo las órdenes de quien alternó conmigo en diversas ocasiones; el Coronel Cascajo, el mismo que rindió honores a la bandera republicana y´, al mismo tiempo, el artífice de la sublevación en Córdoba.

[...]

Nota:

Esta entrada se irá completando poco a poco.

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1 comentarios:

Caperucita dijo...

Tu historia me ha impresionado y conmovido.
Cuánto dolor dejan las guerras.
Besos.